"Al primer amor se le quiere más; a los siguientes, se les quiere mejor."
Hace poco leí esta frase, no sé dónde, pero lo he pensado y creo que tiene más razón que un santo. Al primer amor de verdad (con esto me refiero a la primera relación duradera), se le quiere como si no existiera un mañana. Como si mañana te fueses a despertar y el mundo se hubiera sumido en un terrible apocalipsis. Por eso sufrimos ese ansia viva de acaparación de la otra persona. Esto implica el querer estar 37 horas al día pegadas al sobaco del otro. También esos nervios estomacales cada vez que os vais a ver (aunque ya llevéis 8 meses saliendo y os veáis cada día). Y por supuesto repercute no sólo en lo que uno hace, sino en las expectativas que tenemos sobre nuestra pareja, llegándole a exigir toda clase de chorradas pero que en ese momento, obviamente, nos parece lo más importante del universo, y llevándonos a hacernos preguntas tales como: "¿por qué nunca me lleva a cenar a algún sitio especial?","¿por qué no tiene detalles románticos, aunque sea unas flores?", "¿por qué no me dice cosas bonitas constantemente?", o la mítica: "¿por qué no me llama/escribe/manda señales de humo si está conectado??!". Esto lo hemos sufrido TODAS y quien diga que no, miente!
Cuando estamos en esa primera relación, tu vida puede convertirse en una montaña rusa. Si estáis bien, el mundo es de color de rosa y hasta un mojón de mierda te podría inspirar para escribir un poema de amor (hablando basto y claro); pero en el momento en el que hay discordia con la pareja... en fin, ya sabemos todos como se siente una en esos momentos, tampoco hace falta que lo explique. Y es así de fácil. Tristemente, nuestra vida en ese periodo corto de nuestra vida, depende enteramente de otra persona (a veces en un porcentaje menor al 100%, dependiendo de la madurez e inteligencia con que nos pille ese primer amor). Nuestra felicidad, nuestra satisfacción y nuestro bienestar PROPIO lo estamos dejando en manos de otro, se convierte entonces en algo completamente externo a nosotros y que por tanto no podemos manejar aunque queramos. Esto, señoras y señores, suele ser el error de la mayoría de esas primeras relaciones, y en muchos casos, de las segundas, terceras,... Pero no me quiero ir por las ramas. El caso es que tras el fracaso de esa primera relación, con ese hombre que era el hombre de tu vida, con el que te ibas a casar, tener 3 hijos (elegidos ya sexo y nombre para todos ellos), y vivir una vida llena de amor y corazoncitos everywhere; llega el segundo y al menos ya vienes escarmentada y con la lección aprendida (o al menos, deberías). En esta siguiente relación con otra persona, no sé si se le quiere más o si se le quiere menos, pero lo que está claro es que se le quiere mejor.
La clave de la cuestión pienso que está en el sentido común. Querer con sentido común. Para eso primero tenemos que haber aprendido a diferenciar lo esencial de lo no esencial, tener claras nuestras prioridades. Es decir, si atribuyes todo el peso de tu estado de ánimo (o felicidad o como lo llames) a la otra persona, le estás dando total control emocional sobre ti, y eso no es justo para nadie y claramente te perjudica a ti, porque en el momento en el que haya una mínima crisis... cataplof! Hay que saber dónde colocar esa "felicidad personal". Que sí, que es muuuy bonito querer mucho a la otra persona, y entregarse y etc., pero la gente no parece comprender que el amar a otra persona no es eso, y que es compatible con otros planos de la vida. Está tu pareja, pero resulta que tienes una familia, unos amigos, está el trabajo, o los estudios, las mil aficiones que puedas tener, la salud (cosa que no agradecemos nada, por cierto), y un largo etcétera que depende ya de cada uno. Por eso como decía, en esa segunda relación todo es distinto. Dejas de darle importancia a ciertas cosas que te das cuenta que en realidad son banales, no son esenciales. Dejas de exigir y empiezas a dar, no porque sea lo que consideres que un novio o novia deba hacer o porque tratas como quieres que te traten a ti, sino porque es lo que te nace. Ya no te levantas pensando que ese hombre que está a tu lado es el hombre de tu vida con el que pasarás el resto de tu existencia, sino pensando que no sabes si será el último o no, pero mientras dure, quieres hacerle la persona más feliz del universo.